Llegó el día. Ya está aquí. Otro clásico.
Has pensado durante meses, semanas, días, horas, minutos y segundos en este día. Cada segundo, cada momento, esperas con ansiedad este encuentro. Te lo imaginas y te lo figuras ganando y goleando a ese, tu clásico rival, tu némesis, así como goleas a la vida, como quieres golear al destino, a tu fatum.
La ansiedad te consume. La tensión y la expectativa te controlan, te dominan, pero sabes igual que ganes o pierdas, volverás a tu casa, volverás al hogar de los sueños eternos, a tu grada, a la popular.
Sí, lo sé, haces de todo para liberar la tensión y dejar de torturarte y cuestionarte (¿Qué puedo hacer?, ¿El aguante será suficiente? ¿Se puede hacer más?) y no, en el fondo de tu mente, sabes que nunca será suficiente pues todo esto es una batalla ingrata, todo es un esfuerzo interminable por sólo una victoria, sólo una alegría.
"No crean que nosotros no notamos todo lo que ustedes hacen. A mí me encanta el aguante de ustedes. Mi cántico favorito es El Matador. Tremenda pieza." afirmó hoy un jugador del Caracas FC, luego del banderazo realizado en el Cocodrilos Sports Park.
Los jugadores dan su batalla en el campo, ellos deben ganar pues esto de los clásicos, tal como reza el viejo proverbio hincha (" los clásicos no se juegan sino que se ganan"), deben dejar todo en el campo, pero tú, estimado hermano hincha, vas a lo tuyo, pues tú también tienes tu labor doble: en la grada y en la calle, en la grada y en la batalla, explicación esta que es "sólo para entendidos".
Se produce el llamado. Se juntan todos aquellos "hermanos de grada" que irán a ganar su propio juego. Ya el plan está trazado. En toda la noche anterior no lograste conciliar el sueño. Piensas en tu familia, en tus hijos, en tu madre (pobre de ella si viera en lo que te metes, tal vez te avergüence si se enterara lo que haces y vives domingo a domingo, en el Olímpico y en la carretera).
Mientras se repasan los detalles, vas palpando tu cuello y te encuentras con la medallita de madera, esa la del árbol seco y la estrella que la mamá de tu hija también usa y que te recuerda todo el amor por tu pequeña. Sientes un escalofrío terrible al pensar que no podrás ver a tu hija de nuevo, pero un palmoteo sobre tu espalda, el de un amigo saludándote, te hace entrar de nuevo en papel, en el de hincha, en el de defensor de un orgullo poco entendido, el portador de una pasión muy pocas veces comprendida.
El cielo está totalmente despejado, sobre nuestras cabezas solo las cinco guacamayas azules que todas las tardes sobrevuelan el estadio y en aquella montaña, esa de tus sueños y aventuras, se dejan ver algunas nubes negras y lo primero que viene a tu mente es aquella frase manida de tus tiempos peregrinos "la lluvia siempre viene del Este" y esta vez parecía que venía lluvia, una tormenta o era apenas un presagio de la sultana, de la bella Waraira por lo que sus hijos harán para defender su orgullo, su honor.
Mientras se repasan los detalles, vas palpando tu cuello y te encuentras con la medallita de madera, esa la del árbol seco y la estrella que la mamá de tu hija también usa y que te recuerda todo el amor por tu pequeña. Sientes un escalofrío terrible al pensar que no podrás ver a tu hija de nuevo, pero un palmoteo sobre tu espalda, el de un amigo saludándote, te hace entrar de nuevo en papel, en el de hincha, en el de defensor de un orgullo poco entendido, el portador de una pasión muy pocas veces comprendida.
El cielo está totalmente despejado, sobre nuestras cabezas solo las cinco guacamayas azules que todas las tardes sobrevuelan el estadio y en aquella montaña, esa de tus sueños y aventuras, se dejan ver algunas nubes negras y lo primero que viene a tu mente es aquella frase manida de tus tiempos peregrinos "la lluvia siempre viene del Este" y esta vez parecía que venía lluvia, una tormenta o era apenas un presagio de la sultana, de la bella Waraira por lo que sus hijos harán para defender su orgullo, su honor.
Mientras se discute, mientras se evalúa, mientras se intercambian improperios y afrentas con la finalidad de "medir" el tamaño de las gónadas de los que discuten pero que nunca terminan de agredirse realmente, una chica que siempre te gustó pasa a tu lado y, como si el destino macabro quisiera anticipar el cumplimiento de una última voluntad de aquel que es llevado al cadalso, voltea y sonríe de forma pícara y cómplice, gesto que habías esperado por años de parte de ella.
Ya todo está listo, ya los "elegidos" para defender el honor de esta ciudad están preparados y mentalizados (Una vez el Doctor Guillermo Valentiner incitó e increpó a la ahora llamada Barra Vieja del Caracas Fútbol Club a defenderse de los abusos y ataques de la barra "Gochigan", barra antecesora del equipo aquel, de nuestro clásico, y dijo la famosa frase: "Esta es su ciudad, háganla respetar").
Y tal como habías soñado, ante ti, tu Clásico (Y algún día nos veremos frente a frente, ohhhh). La sangre se te acumula en la cabeza, tus hombros se tensan, el calor te sofoca, tu corazón salta y los sentidos se te agudizan, sientes la boca seca, sudas copiosamente, quizás por el calor, quizás porque, por fin, logras concretar este encuentro anhelado, el mano a mano, el choque tantas veces soñado.
Ambos bandos se miran frente a frente. Son pocos los segundos de reconocimiento, es corto el tiempo que se dispone. Las miradas se enfrentan y algunos comienzan a flaquear, comienzan a doblegarse dentro su espíritu pero saben que deben seguir allí de pie.
Se producen los primeros choques. Algunos caen bajo el acero, otros caen por acción del vidrio y de las piedras, las tensiones se liberan y se desboca y lo peor y lo mejor de cada ser humano va surgiendo en este momento único e irrepetible.
Empuñas con fuerza, hundes, desgarras y destrozas, mientras miras a los ojos a tu rival, a tu enemigo íntimo, y observas como la vida se le va escapando del cuerpo y sus ojos se cierran, se va. Tus instintos primitivos se exacerban y nada en amarillo y negro puede quedar en pie o en buen estado y sigues, y de nuevo, otro ataque hasta que te consigas a tu rival favorito y se produzca el choque definitivo.
La policía intenta intervenir para separar, como aquella madre que intenta separar una pelea de sus hijos, y no sabe contra quien arremeter, contra quien tomar medidas y todo se vuelve una confusión: caen bombas lagrimógenas, se escuchan detonaciones de perdigones, pero tienes tanta adrenalina que no te hace el mínimo efecto, llueven piedras, botellas y sillas de lado y lado y ya ni logras reconocer de donde vienen ni hacia donde van.
Algunos caen por acción de las heridas, mientras otros caen ahogados por los gases tóxicos. El mundo se detuvo y las cámaras de televisión y el público observan atónitos los enfrentamientos entre las dos barras más importantes del país, sigue la confusión, y más cuerpos desfigurados, rojos y aurinegros van cayendo, tal como recuerdan las batallas antiguas, cuando súbitamente reconoces un rostro muy familiar y vas por él, hacia la justicia del acero, veamos quién gana, veamos quién pierde en esta hermosa tarde/noche caribeña.
Ante tu rival predilecto, tantos acosos, tantos insultos y por fin, la oportunidad de cobrarte todo lo sufrido, todo lo experimentado. Los movimientos son hábiles y desarrollas ataques y repeles otros, hasta que, en una acción desafortunada, "La Peste" cae y tú hundes el acero en su pecho y en su cuello, mientras tus ojos casi desorbitados lo miran fallecer, lo miran despedirse, lo miran dar sus últimos alientos. De nuevo, Aquiles derrota a Héctor.
La policía toma el control de la situación y ambas barras se repliegan, te levantas, miras a tu alrededor, dejar caer el acero de tu mano y observas tus manos manchadas de sangre y recuerdas aquella frase de "¿Rosado? No hay nada más rosado que una camiseta aurinegra tiñiéndose de sangre", abres los brazos, respiras, crees que todo terminó, ya todo acabó, era él o yo y has vencido tú, cuando, repentinamente, detrás de ti, sientes el frío acero rompiendo tus costillas, sientes el duro metal rompiendo tus pulmones, sientes el puñal atravesando tu pecho, y caes, observas a un chico correr hacia el lado contrario de tu barra con un cuchillo ensangrentado, no pensaste que todo acabaría este día, el del Clásico y escuchas cada vez más lejanamente:
- "¡Hermano, resiste!
- "¡Hermano, ganamos!"
- "¡Gol del Colorado!"
- "¡Gol del Colorado!"
- "¡Dale Ro!".
- "¡Hermano, resiste!
- "¡Hermano, ganamos!"
- "¡Gol del Colorado!"
- "¡Gol del Colorado!"
- "¡Dale Ro!".
Hasta que ya no escuchas más... Hasta que ya... Ya no escuchas más.

No hay comentarios:
Publicar un comentario