Se que me lees. Se que muchas veces te ocultas en una maraña de silencios, respuestas y mensajes no enviados. Se también que ya, al leer estas líneas, al descifrar este texto, vas notando que tu nombre se va dibujando como una figura escondida detrás de esta historia.
Y tal como te dije alguna vez, no hay día en que no te piense, no hay día en que no te imagine. No hay día en que no recuerde tu cabello derritiéndose en tus hombros tal como la nieve se derrite en la ancestral Sierra Nevada que tanto amas, como yo.
El silencio grita tu nombre. El vacío llena cada espacio desde aquella vez, desde aquella última mirada. Cierro los ojos y recuerdo con dolorosa nitidez tus gestos, tu parpadeo, tu sincrónica respiración, tu evasiva mirada, el incómodo choque de pupila con pupila y, de nuevo, lo que callé, lo que no dijimos, lo que quedó atorado entre pecho y espalda, lo que guarda el corazón y la mente, siempre correctora y siempre conservadora, no quiso que fuese dicho.
Este post es para ti. Siempre tendré una sonrisa, siempre mi gratitud eterna por lo intangible del tiempo, por las risas, la serenidad y la honestidad.
Espero verte en cualquier cancha, en cualquier grada, en cualquier sistema táctico que nos una y nos permita fusionarnos en un abrazo de gol.
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