lunes, 12 de febrero de 2018

Yo sí te ví, hermano, Escuela Eterno


Ayer te ví, mi hermano. Te ví mientras salía de mi casa y caminaba por el boulevard rumbo al Metro, para ver al Rojo de nuestros amores, la razón de tu delirio.

Yo te vi caminando por la Plaza Bolívar: Estabas en la esquina de La Torre, buscando tu suerte, esperando la vida, esperando la muerte y me viste pasar y me dijiste tu acostumbrado: "¿Qué lo qué, gordo?"

Recuerdo que en esta misma Plaza Bolívar de terremotos, de muerte, de vida y de historia nos hicimos amigos para siempre y me juré a mi mismo gratitud eterna al viejo Escuela. Acá le cumpliste un sueño a mi vieja y eso no se olvida, hermano.

Fue por esta zona también donde una noche de esas de "farra brava", por los lados de la plaza Alí Primera o Lina Ron, como llaman ahora, que hiciste una de las tuyas y mientras yo buscaba una birra, tú ibas detrás de mí con un movimiento zigzagueante como el famosos movimiento de culebra de Axl Rose que te gustaba imitar y me dijiste: "Bríndate una cerveza allí, gordo, ¿fuego?"



Mi risa, en ese momento y ahora, en el del recuerdo, fue estridente, y tal como aquella vez luego de tener tu birra, te desapareciste y tampoco estabas acá ya, en la plaza de siempre, ni en el boulevard. Seguí mi camino, recordándote.

Pensé mucho en todo lo vivido y lo aprendido, todo mientras el largo recorrido hacia el lugar de los sueños posibles, nuestra grada, se materializaba. Al llegar al destino pregunté: "¿Alguien ha visto a Escuela?" Y la mirada de todos fue como si estuviese alucinado y aturdido, fue allí que volví a entender que ya no estabas con nosotros, hermano. Pero dentro de todo el pesar, una certeza me reconforta y es que yo sí te ví, muchas veces, y siempre ocurre cuando es el "Día de la Alegría" y tú desde temprano ya dabas vueltas por la ciudad esperando el pitazo inicial.

Yo sí te ví hoy, hermano: Te ví por el Parque La Paz, buscando qué hacer y esperando para subir al CSP. Luego te ví por La India con unos amigos de camino a Cocodrilos Sports Park. Tu rostro y tu mirada eran de alegría desbordante pues jugaba tu Caracas F.C, el motivo de  tu alegría, de nuestra alegría.

Como siempre, te desapareciste y pensé que no te volvería a ver pero te ví caminando por la grada, ibas a comprar una birra pero no querías hacer la cola, así que buscaste la manera de colarte en la fila, endulzando a la chica que manejaba el punto bancario, o pidiéndole el favor a algún hermano de grada que quisiera hacerte "el coro".

Por último y lo más impactante, lo más reconfortante, fue que te ví alentando a tu Rojo querido en la grada cuando el Carnaval explotó y la fiesta se hizo. Te ví y no te pude desear un feliz cumpleaños, hermano, reconozco que lo olvidé, y tampoco pude pelear contigo otra vez, como siempre peleabamos, o decirte que te extraño mucho en la grada.

Hoy el Carnaval no fue lo mismo sin ti. Me hubiese gustado celebrar contigo con un gol del Rojo y verte hacer gesto bien extraño de lo que nos tenías acostumbrado cuando alentabas o el Caracas marcaba un gol.

Y hoy alentamos por ti, por los que no están, por lo que se fueron, acá, en esta grada de los sueños posibles, en este cemento donde olvidamos todo y concentramos nuestro amor y alegría en nuestra ciudad, nuestro Caracas FC, nuestro Rojo, nuestra razón para ser feliz.




Feliz cumpleaños, Escuela, hermano. Donde estés y con quién estés, seguro que hay una fiesta loca de esas tuyas.



¡Salud y Libertad!


martes, 2 de enero de 2018

La soledad del Hincha

Ser hincha implica un alto precio por pagar.

Por el amor a los colores, muchos se cuestionarán tu sanidad mental: Tu vieja te preguntará, muchas veces: "¿qué fue lo que hice mal para que tu cayeras en ese "mundo" y con esos "tipitos", todos mal portados y maleducados? Ya mis amigas me han contado eso que hace la barrita esa del fútbol club".





Por ese amor a los colores, muchos "amores" ya te dieron la espalda, ¿heh, hermano? Seguramente ya escuchaste frases como: "Yo no sé qué haces tú con esa sarta de malandros"; "La verdad es que no se entiende un tipo como tú metido en un mundo como ese", o la clásica: "Es sólo fútbol. No tienes por qué ir cada domingo. ¿Los demás no se pueden encargar?"

También he escuchado frases amenazantes como: "Escoge: ¿el Caracas FC o yo? Pregunta difícil cuando se plantea en esos términos tan categóricos pues nunca, jamás, pongas a un hincha a escoger entre el amor erótico y el amor por su club, su equipo y sus colores porque la respuesta más usual, a veces pronunciada y otras no tanto es: "Bueno, mi reina, tú no tienes 11 estrellas y 5 Copas Venezuela" 

Nunca, nunca se debe obligar a un hincha a escoger entre el amor y la lujuria, entre la vida y la diversión.  Aunque no lo parezca, siempre tomaremos la decisión más trascendental.






Ser hincha es asumir que estás y siempre estarás solo pues pocos entienden la "hermosa locura" que te hace abandonar todo y "seguir a un equipo de 11 tipos detrás de una pelota", tal como ya me han criticado y lanzado en la cara mil veces. Tus amigos no futboleros no lo entienden y te dicen cosas como: "Yo prefiero ver al Barsa o al Madrid" o "Yo desde niño veo fútbol pero el FUTVE no me interesa"  y otra sarta de idioteces y lo peor es que no entienden que no hay nada más importante que valorar lo tuyo, lo propio, para luego, si se quiere, poder apreciar y percibir lo que ocurre afuera.

Acostúmbrate, hermano hincha, a salir solo y llegar solo a tu casa. A vivir esta locura y esta pasión que casi nadie comparte en tu casa o en tu familia , si tan solo ellos supieran lo bien que uno se la pasa. 

Muchos no lo saben, pero estamos acá porque esto es nuestro vida, tan simple como se lee y tan contundente como se puede interpretar. Yo, en lo personal, sé que estoy acá por gratitud. 

- ¿Gratitud? ¿Por qué gratitud? ¿Qué le debes tú a ese equipo?- me preguntó alguna vez la mamá de mi hija.

Respondo con pausa: 

- "Al Rojo le debo mi vida. Al Rojo le debo esas alegrías que me hacía sentir, a final de semana, que bueno, que no todo era tan malo y que la semana terminaba bien porque al menos el CFC ganaba y esa era una buena señal: la de aguantar y darle la cara a la vida con la alegría de saber que al menos uno de los aspectos de mi vida iba bien."

Miro pausadamente a María. Detallo su expresión de sorpresa ante mi respuesta y su imposibilidad de entender esa conexión casi espiritual e irracional que une a todo hincha con su equipo y remato:

- "El Caracas me salvó la vida cuando en la adolescencia ideas mortales rondaban mi cabeza, salvó mi vida cuando sentía que nada podía salir bien y la crisis mental agobiaba. "

Y sigo: 

- "Volvió a salvar mi vida cuando el amor entre tú y yo se acabó y me tuve que separar de mi hija. Fue mi escondite, mi refugio" y mientras hablaba, sus ojos muy verdes y su piel blanca cambiaban de color, furiosos.

-"Qué estupidez, de verdad"- responde ella, iniciando su contraataque.

- "Sí. Puede que suene estúpido y sí, tal vez lo sea. Pero ¿qué te puedo decir? El amor es así, muchas veces, irracional e inexplicable" 

Y concluyo con una frase explicativa que, al pasar de los años, aún me siguen recriminando: 

-"Este amor es tan puro como el que me une con mi vieja o con mi hija. A pesar de todo, con este amor me siento libre, soy yo verdaderamente. Este amor no me cuestiona y siempre me agradece por lo mucho o lo poco que puedo dar. Siempre está bien. Siempre me hace feliz y como hay libertad, pues crece y siempre regreso a él".

Ya se imaginan el resultado que causó aquello explicación: Todo se quebró y ni la furia bíblica de aquello que llamamos Dios sería suficiente para explicar el pandemonium que aquella mujer armó al sentirse relegada por un amor más fuerte, más trascendente.

Habitúate, hermano barra, que ser barrista es privilegio de pocos y muchos menos son los que verdaderamente entienden y comparten todos tus esfuerzos por demostrar tu amor a los colores y la pasión desbordada que brota de tu alma y de tu corazón.

Dejas todo, dejas todo y un poco más, a veces, sabes que das más de lo necesario y a pesar de sentirte como una especie de llanero solitario, individual, único, una especie rara en extinción, pues sigues intentando, sigues luchando, haciendo tu trabajo pequeño que al final es muy grande entre todos, pues en esto se basa el amor. Todo sea por una pequeña y pasajera alegría, una victoria, un gol, una vuelta olímpica, una celebración con tus hermanos, los que son como tú, los que sienten lo mismo que tú. La sonrisa de tu hermano, la alegría de tu hinchada, la fiesta en tu ciudad, la locura en las calles por "solo un juego de once tipos persiguiendo un balón" vale todo tu esfuerzo, vale todo tu soledad.

Al finalizar el día, vuelves a tu casa, solo como siempre, te saluda tu vecino y te pregunta quién ganó y tu cara responde por ti, llegas a tu puerta, entras y tu vieja te pregunta: "¿Ganaron? ¿Ganó el Fútbol Club?" y la gestualidad alegre no es suficiente y le dices "Sí, ganamos y somos campeones". Y tu vieja te dice: "Ah, sí, yo ví un rato el juego en la tele. Ese equipo tuyo juega muy bien. Qué bonita la barra. Parecía una fiesta. Estaban todos locos, ¿heh?" Y entiendes que todo valió la pena, esfuerzo, trabajo, lucha, sangre, sudor, lágrimas y aguante. 

Qué grande es mi vieja.  Al final no estoy tan solo en esta locura, en este amor. 



jueves, 23 de noviembre de 2017

21 de Noviembre de 2010, no se olvida...






"Suena el silbato y el árbitro indica el fin del partido. Petare y Caracas FC empatan a dos goles"- relata el narrador desde lo alto del Olímpico de Caracas.

La desazón del empate y de la oportunidad perdida de ser campeón inundan la grada Sur del infierno rojo. Tiempos oscuros se avecinan. Los trapos ya habían sido recogidos y la ritualística de siempre indica que era tiempo de salir y volver al hogar y así ahogar las penas.

Hay algo inusual, algo pasa. Hay algo que no anda bien. Al salir de la grada, las rejas de salida estaban totalmente cerradas. Todos los que salíamos, o al menos eso intentábamos, nos mirábamos buscando explicación

- "¿Qué coño pasa?"
- "No sé. Estos pajuos como que se quedaron dormidos. ¿Será?"
- "Sí, debe ser eso. Debe ser eso".

Hay una rampa que sube del campo a la grada y por esa misma rampa escuchamos la marcha lenta y mortuoria, cargada de instrumentos represivos, cargada de odio y rabia, de los mismos cuerpos de "seguridad" del estado que lentamente se iban formando, haciendo grupo ante la mirada de los espectadores y gradistas que pretendían salir.

Mientras el pelotón de la vergüenza se agrupaba, voces de mando se dejaban sentir dentro del mismo. Esperaban una orden mientras sigue el desconcierto en las filas rojas, en los barristas. Padres con sus hijos, abuelos con sus nietos, madres e hijos, novios con sus novias, jóvenes y sus amigos, caraqueños y caraquistas en general, digamos que en ese espacio al que llamamos grada (hogar para los hinchas) se juntó lo más representativo de la ciudad, miembros de todas las zonas y todas las clases intentaban salir, otros trataban de mantener la calma y pensaban: "Tal vez sea un procedimiento de seguridad... Tal vez..." Otros caminaban de un lado expectantes, conversaban para aliviar la tensión y la amargura de aquel empate contra el que se empezaba a perfilar como un clásico rival capitalino el Petare.

Se produce un grito alto, fuerte y destemplado y los uniformados empiezan a correr en nuestra dirección. Era la orden de ataque esperada. Se producen los primeros disparos y caen ya algunos heridos. Algunos nos quedamos delante para repeler el ataque, en una batalla desigual de botellas y piedras contra armas de fuego, contra balas y perdigones, bombas lacrimógenas, peinillas, como siempre, la desigualdad.

Desde tiempos inmemoriales, desde Guaicaipuro, desde Baruta, desde Garci González da Silva y aún en ese día, 21 de noviembre de 2010,  siempre el fuego de las balas y la violencia del metal han tratado de apagar el espíritu indómito y libre de los habitantes de este, a veces, Valle de Lágrimas, de Caracas.

Antes fueron españoles contra indígenas, ahora son policías contra hinchas, protagonistas diferentes, misma batalla, misma desigualdad, misma lucha, mismas ganas de sobreponerse y luchar hasta el último aliento porque "¡Ana Karina Rote Aunicon Paporoto Mantoro Itoto Manto!" ("Sólo nosotros somos gente, aquí no hay cobardes y nadie se rinde... Esta tierra es nuestra") el ancestral grito de guerra mortuoria del gran Cacique Guaicaipuro se repite y se repite y se deja escuchar de nuevo en este valle, cada noche dicen por allí, o al menos cada vez que el espíritu guerrero caraqueño debe aflorar y mostrarse en batalla.

Y sí, sólo nosotros somos gente, policía, el 21 de noviembre perdiste tu dignidad, el 21 de noviembre quisiste acabar con tu pesadilla, pero lograste exactamente lo contrario.

Nos tuvimos que replegar pues los disparos eran muchos y los heridos sobraban. Al entrar a la grada, sólo se escuchaban gritos: "Llévate a tu novia de acá. Esconde a las mujeres y niños en los baños...¡Corre! Hagan lo que hemos practicado, coño, háganlo. Este es el momento. No es un simulacro. ¡Salven a los niños y mujeres!"

Escenas de terror y espanto se producían por todas partes. La policía entró a la grada y lo hace disparando sus armas a todo el que se moviera. En medio del caos, del pandemonium, se produce una escena, un diálogo:

-"¿A donde vas?"
- "A pelear. Debo dar la cara por mi gente, por ti".
- "No, no. Quédate acá conmigo. No vayas, Miguel. No me dejes sola".
- "Tranquila. Tú escóndete acá mientras yo logro la manera de sacarte en paz".
- Con lágrimas en los ojos y temblando: "Por favor, amor, no vayas. Quédate conmigo".

Miguel y la chica se abrazan, se besan y ella lo sujeta fuertemente. Yo miro a mi alrededor y miro la escena. Miguel me mira y le hago un gesto compasivo, Miguel ya se disponía a andar cuando un grupo de cuatro policías lo ataca, lo rodean y le pegan con la cacha de la pistolas, le dan con las sillas, lo patean y se lo llevan. La chica intenta defenderlo cuando una cachetada violenta cae en su rostro y la sangre empieza a correr.

"Motoratón... Llévate a la gente a los baños"... Y la policía en su vorágine asesina, se dirigió a los baños y uno a uno golpeaba y hería a todos los que encontraban y no lograban escapar.

Sigue el desconcierto. El plan de la "justicia" fue perfecto. Querían despedirse pues a ese inmoral cuerpo de "seguridad" le quedaba sólo un mes de vigencia pues se había producido en el país un cambio legislativo que daría paso a otro cuerpo de seguridad, igual de asesino y delincuente, llamado Policía Nacional Bolivariana.

La lucha sigue y los espacios cada vez más se reducen. Los pacos deciden dar su último golpe y van por la instrumental, atacan los instrumentos, los lanzan desde lo alto contra nosotros, desde la grada hacia el piso, con las peinillas rompen los cueros, rompen todo a su paso.

Ya la lucha se traslada al campo, donde los heridos son llevados y por más increíble que parezca, hasta allá fueron a perseguirnos para herirnos. Algunos jugadores del Rojo salen a defendernos y nos esconden en los camerinos, bajo la amenaza brutal y persistente de la PM para que nos entregaran porque sino serían ellos los lastimados.

Veo gente llorar, veo gente correr, veo gente tirada en el suelo, heridos o golpeados. Escucho gritos, pedidos de ayuda, disparos, más disparos, el desconcierto instalado donde debería haber paz y tranquilidad y por quienes deberían garantizar la seguridad en el recinto.

"Pero las balas que tiraste, volverán" Todo el daño de esa noche no fue suficiente para acabar con nosotros.La resistencia pudo abrir algunas rejas y vías de escape. Un policía me detiene y me apunta a la cara. Lo desafío a que me dispare si sus cojones se lo permitían. Su mano tiembla. Escucho el gatillo correr, la bala está en la recamara. Súbitamente, se escucha un grito: "¡NOOOOOOOOO!". Era mi hermana que se lanzó sobre mí y se puso en medio, entre la pistola y mi humanidad. El policía aprovecha para replegarse y marcharse. "No era tu día, mano. No te tocaba".

"Ese día dejamos de ser un grupo de amigos que iban al estadio y nos hicimos una hermandad", afirmó el Podrio. Y sí, ese día comenzamos a ser hinchas, hinchas de verdad, en las buenas y en las malas.

No lo lograste, policía, y aún no lo logras con tu disfraz de bruja uniformada: Aún no acabas con este sueño, con esta idea. Aún no acabas, por órdenes de arriba, con las barras de Venezuela y menos aún con la más grande, la Barra del Caracas FC.

"Solo nosotros somos gente..." Gritó Guacaipuro para dar la batalla y cada domingo, cada juego, en cada momento, nosotros, los hijos de los guerreros del valle de Caracas, lo seguimos demostrando, la seguimos luchando.


sábado, 30 de septiembre de 2017

Y algún día nos veremos frente a frente...


Llegó el día. Ya está aquí. Otro clásico.

Has pensado durante meses, semanas, días, horas, minutos y segundos en este día. Cada segundo, cada momento, esperas con ansiedad este encuentro. Te lo imaginas y te lo figuras ganando y goleando a ese, tu clásico rival, tu némesis, así como goleas a la vida, como quieres golear al destino, a tu fatum.

La ansiedad te consume. La tensión y la expectativa te controlan, te dominan, pero sabes igual que ganes o pierdas, volverás a tu casa, volverás al hogar de los sueños eternos, a tu grada, a la popular.

Sí, lo sé, haces de todo para liberar la tensión y dejar de torturarte y cuestionarte (¿Qué puedo hacer?, ¿El aguante será suficiente? ¿Se puede hacer más?) y no, en el fondo de tu mente, sabes que nunca será suficiente pues todo esto es una batalla ingrata, todo es un esfuerzo interminable por sólo una victoria, sólo una alegría.

"No crean que nosotros no notamos todo lo que ustedes hacen. A mí me encanta el aguante de ustedes. Mi cántico favorito es El Matador. Tremenda pieza." afirmó hoy un jugador del Caracas FC, luego del banderazo realizado en el Cocodrilos Sports Park.

Los jugadores dan su batalla en el campo, ellos deben ganar pues esto de los clásicos, tal como reza el viejo proverbio hincha (" los clásicos no se juegan sino que se ganan"), deben dejar todo en el campo, pero tú, estimado hermano hincha, vas a lo tuyo, pues tú también tienes tu labor doble: en la grada y en la calle, en la grada y en la batalla, explicación esta que es "sólo para entendidos".

Se produce el llamado. Se juntan todos aquellos "hermanos de grada" que irán a ganar su propio juego. Ya el plan está trazado. En toda la  noche anterior no lograste conciliar el sueño. Piensas en tu familia, en tus hijos, en tu madre (pobre de ella si viera en lo que te metes, tal vez te avergüence si se enterara lo que haces y vives domingo a domingo, en el Olímpico y en la carretera).

Mientras se repasan los detalles, vas palpando tu cuello y te encuentras con la medallita de madera, esa la del árbol seco y la estrella que la mamá de tu hija también usa y que te recuerda todo el amor por tu pequeña. Sientes un escalofrío terrible al pensar que no podrás ver a tu hija de nuevo, pero un palmoteo sobre tu espalda, el de un amigo saludándote, te hace entrar de nuevo en papel, en el de hincha, en el de defensor de un orgullo poco entendido, el portador de una pasión muy pocas veces comprendida.

El cielo está totalmente despejado, sobre nuestras cabezas solo las cinco guacamayas azules que todas las tardes sobrevuelan el estadio y en aquella montaña, esa de tus sueños y aventuras, se dejan ver algunas nubes negras y lo primero que viene a tu mente es aquella frase manida de tus tiempos peregrinos "la lluvia siempre viene del Este" y esta vez parecía que venía lluvia, una tormenta o era apenas un presagio de la sultana, de la bella Waraira por lo que sus hijos harán para defender su orgullo, su honor.

Mientras se discute, mientras se evalúa, mientras se intercambian improperios y afrentas con la finalidad de "medir" el tamaño de las gónadas de los que discuten pero que nunca terminan de agredirse realmente, una chica que siempre te gustó pasa a tu lado y, como si el destino macabro quisiera anticipar el cumplimiento de una última voluntad de aquel que es llevado al cadalso, voltea y sonríe de forma pícara y cómplice, gesto que habías esperado por años de parte de ella.

Ya todo está listo, ya los "elegidos" para defender el honor de esta ciudad están preparados y mentalizados (Una vez el Doctor Guillermo Valentiner incitó e increpó a la ahora llamada Barra Vieja del Caracas Fútbol Club a defenderse de los abusos y ataques de la barra "Gochigan", barra antecesora del equipo aquel, de nuestro clásico, y dijo la famosa frase: "Esta es su ciudad, háganla respetar").

Y  tal como habías soñado, ante ti, tu Clásico (Y algún día nos veremos frente a frente, ohhhh). La sangre se te acumula en la cabeza, tus hombros se tensan, el calor te sofoca, tu corazón salta y los sentidos se te agudizan, sientes la boca seca, sudas copiosamente, quizás por el calor, quizás porque, por fin, logras concretar este encuentro anhelado, el mano a mano, el choque tantas veces soñado.

Ambos bandos se miran frente a frente. Son pocos los segundos de reconocimiento, es corto el tiempo que se dispone. Las miradas se enfrentan y algunos comienzan a flaquear, comienzan a doblegarse dentro su espíritu pero saben que deben seguir allí de pie.

Se producen los primeros choques. Algunos caen bajo el acero, otros caen por acción del vidrio y de las piedras, las tensiones se liberan y se desboca y lo peor y lo mejor de cada ser humano va surgiendo en este momento único e irrepetible. 

Empuñas con fuerza, hundes, desgarras y destrozas, mientras miras a los ojos a tu rival, a tu enemigo íntimo, y observas como la vida se le va escapando del cuerpo y sus ojos se cierran, se va. Tus instintos primitivos se exacerban y nada en amarillo y negro puede quedar en pie o en buen estado y sigues, y de nuevo, otro ataque hasta que te consigas a tu rival favorito y se produzca el choque definitivo.

La policía intenta intervenir para separar, como aquella madre que intenta separar una pelea de sus hijos, y no sabe contra quien arremeter, contra quien tomar medidas y todo se vuelve una confusión: caen bombas lagrimógenas, se escuchan detonaciones de perdigones, pero tienes tanta adrenalina que no te hace el mínimo efecto, llueven piedras, botellas y sillas de lado y lado y ya ni logras reconocer de donde vienen ni hacia donde van.

Algunos caen por acción de las heridas, mientras otros caen ahogados por los gases tóxicos. El mundo se detuvo y las cámaras de televisión y el público observan atónitos los enfrentamientos entre las dos barras más importantes del país, sigue la confusión, y más cuerpos desfigurados, rojos y aurinegros van cayendo, tal como recuerdan las batallas antiguas, cuando súbitamente reconoces un rostro muy familiar y vas por él, hacia la justicia del acero, veamos quién gana, veamos quién pierde en esta hermosa tarde/noche caribeña.

Ante tu rival predilecto, tantos acosos, tantos insultos y por fin, la oportunidad de cobrarte todo lo sufrido, todo lo experimentado. Los movimientos son hábiles y desarrollas ataques y repeles otros, hasta que, en una acción desafortunada, "La Peste" cae y tú hundes el acero en su pecho y en su cuello, mientras tus ojos casi desorbitados lo miran fallecer, lo miran despedirse, lo miran dar sus últimos alientos. De nuevo, Aquiles derrota a Héctor.

La policía toma el control de la situación y ambas barras se repliegan, te levantas, miras a tu alrededor, dejar caer el acero de tu mano y observas tus manos manchadas de sangre y recuerdas aquella frase de "¿Rosado? No hay nada más rosado que una camiseta aurinegra tiñiéndose de sangre", abres los brazos, respiras, crees que todo terminó, ya todo acabó, era él o yo y has vencido tú, cuando, repentinamente,  detrás de ti, sientes el frío acero rompiendo tus costillas, sientes el duro metal rompiendo tus pulmones, sientes el puñal atravesando tu pecho, y caes, observas a un chico correr hacia el lado contrario de tu barra con un cuchillo ensangrentado, no pensaste que todo acabaría este día, el del Clásico y escuchas cada vez más lejanamente:

- "¡Hermano, resiste!
- "¡Hermano, ganamos!"
- "¡Gol del Colorado!"
- "¡Gol del Colorado!"
- "¡Dale Ro!".

Hasta que ya no escuchas más... Hasta que ya... Ya no escuchas más.




martes, 26 de septiembre de 2017

La vida es un Clásico...

Todos tenemos un clásico. En cualquier ámbito de la vida, y en el fútbol, enfrente de ti, desafiante y expectante, tu clásico y, como siempre decimos, los clásicos no se juegan sino que se GANAN.

Todo la vida, todo el mes y todo el campeonato, aún en el de la vida, esperas con ansias ese momento de enfrentar a tu némesis, a tu contra, a tu rival eterno, a tu "enemigo íntimo". Y es que, esto no sólo se reduce a un campo de juego, a un gramado maltrecho y vilipendiado, pues ocurre también en el campo de la vida, en el rectángulo de nuestro recorrido por el tiempo que tenemos en este plano, donde los goles son balas y los dolores son eternos.

Tu Clásico no es solamente un equipo del interior vestido de aurinegro o de granate, aurirrojo o aurimarrón pues es todo aquel que te separe de la victoria, del campeonato, de la gloria y de esos, hay en todos los ámbitos, en todos los lugares de nuestra vida.

 Un clásico, por ejemplo, es aquel policía hijo de puta y matraquero que te pide pal fresco cada vez que pasas por el semáforo de la avenida de tu casa y te dice "Hay 20 mil maneras de resolver este problemita. ¿Cómo vamos a hacer, ah? Y debes sonreír, y debes ser cortés y simpático cuando lo único que te apetece es pasarle el carro o la moto por encima al escuchar su clásico "Ayúdame a ayudarte, el mío", pero debes seguir tu camino.

Un clásico también es aquel patrón fastidioso y abusivo que te explota y roba de tu tiempo a más no poder porque sabes que tienes pocas opciones laborales y que "la vaina está jodía, mi pana"; el mismo que te niega un aumento;y que te dice cosas como "a ti no te toca" o "ve a pedírselo a tu presidente" aunque no hayas botado por él, etc;  el mismo que te niega días libres cuando tus hijos están enfermos o tienen algún evento importante en el colegio; el mismo que te hace trabajar los fines de semana; el mismo que se va a almorzar y te lanza un "ya vengo", se pierde toda la tarde y debes hacer tu trabajo y el de él; el mismo que te cobra a ti lo que se roben los clientes o lo que se pierda; el mismo que te cobra la comida igual que a cualquier comprador porque "el negocio no está dando, chamo"; el mismo que se la da de graciosito y galán con tu hija mayor o con tu mujer cuando te llevan un recado o te llevan el almuerzo y que, casualmente o azares de la vida, ese día, ese domingo, estará en la grada contraria alentando a tu enemigo de toda la vida.

Otro clásico es aquella chica que, sabiendo de lo loco que estás por ella, de lo mucho que la amas y que hasta te pararías de cabeza por ella,  pues te dice cosas tipo: "Ay, papi, tú sabes que yo te quiero como un amigo", "yo te quiero como un hermano", pero cuando los tiempos se ponen difíciles, luego sí te busca y descubre que te amaba con intensidad y que tú "eres el amor de su vida".

Otro clásico es aquel malandro del barrio o aquel abusivo del liceo que te acosa, te pega y te quita todo lo que tienes porque te faltan los cojones para enfrentarlo, el que te roba y te amenaza y tú, por miedo o fastidio, cedes al chantaje, a la presión.

Existen otros clásicos, como aquel profesor que te obstina la paciencia en la universidad, el que a pesar de todos tus esfuerzos siempre te llevará por el camino de la amargura pues "tú no eres lo suficientemente competente para estar aqui"y tú, como héroe mitológico, debes sortear todos los ataques que el "gran Dios" del conocimiento decida lanzarte y sacar el mínimo aprobado y seguir tu camino.

Quizás el primer clásico que nos encontramos en la vida va a ser nuestro padre o nuestra madre, esa persona que te dice: "siéntate, cállate, vístete, afeitate, no hagas eso, no hagas esto, no hagas aquello..." y un largo etcétera, que te obliga y te tortura a hacer cosas bajo el acero de la comparación: "Ay, claro, es que tú no eres como fulanito, tu primo, fíjate, él es más joven que tú y ya se graduó en la universidad y tiene carro... Ay, y si vieras a la novia: Aquello si es una muchacha decente y digna, toda una señorita de respeto; no como esas mujerzuelas con las que te gusta revolcarte y andar y que encima me las traes para la casa y yo les tengo que ver esas caras de mujeres fáciles. Ay, no, mijito, ve a ver si maduras y te enserias, como tu primo Fulanito".

Un clásico de los fuertes y duros es el azar insondable de la enfermedad y la tragedia. Ese clásico rival, generalmente muy fuerte, exige de nosotros cojones y entereza para enfrentarlo, sabiendo claro que te puede golear, pero con la certeza de que no hay nada más allá, no hay otro camino.

- "No te preocupes. Juntos podremos salir adelante".
- "No, no lucharé. Me echaré a morir. Tú deberás vivir por los dos".
- "¿Y me dejarás solo? ¿Y todo lo que pensamos hacer? ¿Y los planes? ¿Y los sueños?"
- "Tú debes ser el ejemplo de que la vida se abre camino".
- "No, no y no. No me da la puta gana. Usted no se va a rendir. Tú debes luchar y seguir y saldremos juntos de esto"

En tiempos de la Venezuela del siglo XXI, en medio de la peor crisis política, económica e institucional, la clase política acomodada, falsa y mentirosa, es otro clásico pues mienten, engañan y mandan a otros al sacrificio por su bienestar, por su beneficio. "Los muertos los pone el pueblo", dicen por allí y así ha sido en la Venezuela de los últimos 18 años de gobierno.

¿Qué hacer ante cualquier clásico? En la vida y en el fútbol, es el juego y la hora de los hombres. El que tenga miedo, que se quite, nadie lo va a juzgar pues sólo su conciencia será el castigo por la cobardía, el resto, parado en la raya, esperando el choque, esperando la hora.

jueves, 21 de septiembre de 2017

4-2-3-1 (Parte II)

Y ante los reclamos y comentarios sobre el título que adorna este blog, pues ya me dedico a explicar algo de táctica futbolística, o tal vez sea sólo tácticas para la vida, tipo manual de guerra y paz como el famoso de Tzun Tzu.

Yo no escribo para agradar. Yo no escribo para caer bien. Ni siquiera espero que me lean. Los que me conocen bien saben de mi excesiva timidez y de la dificultad que tengo para lidiar con los focos de atención. Prefiero el anonimato. Prefiero ver y observar en silencio, escondido en la multitud, en el medio de una grada, sumergido en la vorágine hincha del aguante popular, de la dinámica de la vida, de la dinámica de lo impensado, como diría Horacio Pagani.

Y si a autores blancos, entrados en edad, con aires de grandeza, con cierta petulancia y egocentrismo, pero con una brillantez y agudeza inigualable queremos funcionar, pues nos vamos a referir a José Saramago, uno de los autores clasificados a mi octogonal final de autores favoritos de todos los tiempos siguiendo de cerca a Fernando Pessoa, Herrera Luque, etc, y diré que yo no escribo para "sosegar" sino que, muy por el contrario, tengo la estúpida pretensión de "desasosegar".

Dicho esto, quisiera explicar el que considero el sistema táctico perfecto para un equipo de fútbol... Y para la vida. Recuerden: "En la vida y en el fútbol" es la frase cliché que nos marca en este espacio de escritura y pensamiento.

A todos nos pasa, en la vida y en el fútbol, que se nos exige plantarnos en la cancha de una manera particular, en una posición y en un sistema táctico que nos lleve al éxito. A mi, por ejemplo, me decía mi primera DT, mi mamá: "Báñate, cepíllate, córtate el cabello, párate derecho, no uses barba, etc".

Luego, mi segundo gran DT, me decía: "Coño, De Sá, tú eres lateral zurdo y acá debes jugar. Subes y bajas, subes y bajas, subes y bajas" pero, así como con mi madre, siempre fui un jugador díscolo, caótico, anárquico y libre porque me gustaba, y aún me gusta mucho más, la libertad para hacer, la libertad para crear, la libertad para ser.

Al pasar los años, luego de varias lesiones que frustraron mi camino futbolístico, luego de verter mi sangre y mis lágrimas sobre el Olímpico de la Universidad Central de Venezuela una tarde cruenta en la que quedé plantado en el gramado en forma de garabato, comprendí que tanto en la vida como en el fútbol, a veces los sistemas tácticos tienen algún fundamento, alguna necesidad de existencia.

Fue así entonces que luego de muchas vueltas, muchos juegos, muchas anécdotas y muchas vivencias, entendí que el 4-2-3-1 es el sistema táctico perfecto, o casi, para el fútbol y sí, para la vida también.

Imagina que tienes a tu disposición a diez jugadores para colocar en el campo de fútbol, en la vida, y aunque no lo admites, te da miedo arriesgar tanto y no quieres jugar con tres en el fondo, pues siempre quieres ir sobre seguro, quieres cuidar tu defensa, no quieres goles en contra y es entonces que  decides tomar cuatro de ellos, 40% del total de tus piezas, para defenderte:

"¿Será que resulta? ¿Será que le gusta? ¿Será que funciona? ¿Será que siente lo mismo por mi? ¿Será que me arriesgo? ¿Y si...?" Actitud defensiva algo cobarde, heh? Pues sí, lo admites y sigues con tu disposición.

Y como si cuatro defensas no fueran suficiente para darte seguridad y paz, aunque muy en el fondo de tu corazón sabrás que si las cosas en defensa, así como en la defensa de la vida, quieren y pueden salir mal, pues saldrán mal, aún así dispones de dos nuevos elementos para servir de alcabala defensiva, por si los nervios atacan, por si la defensa flaquea, por si la inseguridad te ataca y es así como dispondrás de un "5" rompedor y de un "8" creador, que juntos, tal como el ying y el yang, deberían dar el equilibrio perfecto entre ataque y defensa.

Pero un día, amaneces con valentía, en tu "Día de Furia" mandando todo a la mierda y decides jugar con dos volantes mixtos lo que dará mayor salida a tu equipo, pues vas por todas, ya no te importa el fracaso y te la juegas por un sí, un beso, un abrazo, un ascenso, un "te quiero" tal vez, una victoria, un gol que ponga a celebrar a tu hinchada y que la defensa se las arregle ante el fracaso, en la vida y sí, por supuesto, en el fútbol.

Pero sí también hay otros en la que seguridad y la oscuridad abunda, no confías en tus piezas, no confías en ti mismo y decides salir al campo con dos "5" barredores del juego contrario, casi siempre tu espíritu se siente de visitante y ni siquiera la barra que te alienta te permite sentir esa paz y tranquilidad de jugar de local en todas partes.

Para luego pasar a un mediocampo creativo en el que lo normal sería disponer de tres elementos de ataque vertical que te permitan romper cualquier barrera y abrir las bandas, pero cuando la confianza falla, los extremos dejarían de ser extremos y transformarse en mediocampistas colaboradores con el orden defensivo.

"Siempre el balón al 10"- gritan desde la grada.
"Dásela al que sabe"- Replican otros.

Pero, ¿qué hacer cuando el propio "10" no sabe qué hacer? ¿Qué hacer cuando las ideas se agotan y el rival parece de otra galaxia? Pues los libros y los DT te dicen siempre que abras la cancha, en la vida y en el fútbol, busca una distracción, busca otra vuelta, busca otra entrada que te permita marcar ese gol tan anhelado.

Llega hasta la última línea, no dejes de correr, ves la línea, el defensa quedó atrás, tu esperanza crece, tu cuerpo se siente bien y sientes tu golpeo de empeine de maravilla. Casi sin mirar pues sabes que debe estar donde debe estar, centras hacia el "9", aquel tipo alto, fuerte, tosco, rápido y pesado que espera siempre en el área el balón perfecto.

Otra ingratitud de la vida: Unos llevan el arte, unos elaboran la jugada y solamente el "9" debe estar allí para empujar, para concretar, y, por eso, las glorias son para el vencedor (nuestro delantero centro), el honor para el vencido (el inefable arquero goleado) y el extremo, el "10" ¿donde quedan? Pues para ellos, apenas un saludo, cuando lo recordamos, de agradecimiento y nada más.

Y de nuevo, en la vida y en el fútbol, la táctica y la estrategia parecen primar sobre el talento y el sudor, o tal vez a su servicio, o tal vez contra su dictadura, pero en alguna relación.

Y marcó el 9, y celebra con la grada, y el "10" y el extremo se solidarizan el uno con el otro, y el DT siente que el alma regresa a su sitio pues el sistema parece funcionar.

Pues, claro, es el 4-2-3-1, el sistema que, tanto en la vida y en el fútbol, nos permitirá imprimir un tono ofensivo o defensivo según juguemos de local o de visitante, queramos proponerle juego a la vida y celebrar en otro abrazo de gol.

sábado, 16 de septiembre de 2017

Carta de un padre hincha a su hija


Aún recuerdo aquel primer momento en que te tuve entre mis brazos: Temblabas de frío y yo temblaba de emoción, de incertidumbre ante el maravilloso espectáculo de tus ojos verdes como la esmeralda, como el valle montañoso que te vio nacer; tu piel blanca de porcelana, tan suave y tan delicada como en mis sueños, en una pureza indescriptible, en un blanco suave e inmaculado que jamás he encontrado en mi vida; tu cabello suave y amarillo, ondulado en algunas zonas y ahora, liso, muy liso que hacen recordar el eterno recorrer de un río de emociones inexplicables y de un nudo en el pecho que se me hace al escribirte esta carta.

Lloré. No sé si fue de alegría, no sé si fue de admiración, no sé si fue por preocupación, pero lloré sobre tu cuerpecito tibio y suave, lloré sobre tus manitas cuando quisiste tocar mis ojos y sentir mis párpados, lloré y algunas lágrimas mojaron tus deditos cuando me apretabas la nariz y jugabas. Tal vez nada de eso lo recuerdes, pero esa es una película que se me repite sucesivamente y en los momentos cumbres la vuelvo a ver, la vuelvo a percibir.

Me miraste. Me sonreíste. Me hiciste comprender el sentido de la vida y que yo, en mi momento, había nacido para verte allí, tan pequeña y tan frágil, y de nuevo yo, apenas una triste y misera parte de este universo que seguramente no era el mejor tercio, el mejor hombre para estar allí contigo.

Y sentí miedo. Sentí un pavor inaguantable que me recorría toda el alma y me quemaba el corazón al pensar que tu vida dependía de mi, que era yo el encargado principal de mantener, junto a tu madre, esa preciosa sonrisa que aún hoy, mi vida, me desarma, me relaja.

Pero sí, mi niña, sentí miedo. Sentí y aún siento ese mismo temor de no ser capaz, de no ser suficiente ante tamaña responsabilidad pues yo, que para ese momento, ni sabía poner orden en mi vida, ahora debía llevarte de la mano para que tú tuvieses una vida feliz y plena.

Y quiero confesarte que este ser,tu padre, es un hombre imperfecto, un hombre con miles de defectos y algunas virtudes, te ama y con todas sus fuerzas, con todo su ser. Eso jamás ha cambiado, jamás ha dejado de ser así, a pesar de la distancia.

Y de nuevo, el miedo ante mí. Miedo de no saber como reaccionarás cuando leas esta carta, miedo al no saber qué opinarás o que sentirás sobre mí. Sí, tengo miedo, yo, que he peleado con otras barras enteras por lo que tu madre llama "una pelea estúpida", yo que he robado trapos, banderas, bombos, redoblantes, casi pierdo una mano, yo que me he enfrentado con policías y guardias nacionales, yo que he estado a punto de perder la vida varias veces por "defender unos colores", siento miedo de lo que pueda pensar una niña que aún no llega a los 10 años de edad, pero cuya mirada y su tono taciturno son la razón constante de mi alegría y mi tristeza.

Un día me fui de casa, un día me alejé de ti y sé que aún no me lo perdonas. Tranquila, yo en tu lugar, jamás me perdonaría el hecho de haberme ido y no haber compartido más contigo. Aún no me lo perdono. Como sabes, los problemas con tu mamá son de importancia y aunque eres muy prudente al hacer silencio en sus comentarios, imagino que un poco de verdad encontrarás en lo que dice.

Porque sí, también confieso que soy un idiota. Me fui detrás de un ideal y de un sueño, me fui detrás de un "equipito de fútbol" (de nuevo, palabras de tu mami) y no fui capaz de aguantar, de resistir el embate de vida que veía en ciernes. Era, debo también admitir, un sujeto preso de emociones y que encontró en el fútbol una razón más de vivir, de sobrevivir, de encontrarse, de hallarse.

Pero nunca, nunca, nunca, pienses que dejé de amarte o que el Rojo está por delante de ti pues, en cada segundo, en cada momento tenso, en cada alegría y en cada tristeza, pensaba en ti, recordaba esa carita linda y dulce de ayer, de hoy y de siempre. 

Era también (aquí otra gran confesión) un hombre esclavo de sus pasiones, de las más bajas posibles, pero te aseguro hoy por tu corazón y el mío, que son uno solo, que ya salí de aquel desierto que me hundió y me acercó a la muerte, me alejó de ti, pues ese fue como propio viaje del héroe: Debí cruzar un largo desierto de perversiones, atentados, dolores, tristezas e inseguridades, placeres inocuos, placeres ciegos, tal como aquel Dios que tanto veneras debió soportar por cuarenta días para  purificarse, prepararse para una misión superior.

Pues sí, acepto que fui cobarde, lo sé y lo lamento en cada día de mi vida, lamento no haber visto tu primer diente salir y caerse, lamento no recuerdes como te enseñaba la importancia del "por favor" y del "gracias", aunque claro que me odiabas cuando te obligaba a ser gentil y cortés con los demás; lamento no recuerdes aquellas maravillosas tardes en "La Isla" cuando juntos descubríamos el mundo increíble de las hormigas, lo maravilloso de las piedras de río, lo suave y agradable del pasto verde recién cortado y la alegría y la emoción de comer juntos, de reír por cualquier cosa, mi amor.

Y mi misión superior es esta: Acá estoy, mi princesa, de nuevo acá, ante tu puerta, esperando que quieras venir conmigo a jugar de nuevo en "La Isla", a comer helados, a lo que quieras, pues hoy "el sol está en lo más alto, el cielo es azul y todo es bello porque tú, mi tesoro, lo eres" Eres lo más bello que tengo y lo mejor que he podido hacer en mi vida.

Sé que no tengo derecho a exigir ni a pedirte nada, pero me haría feliz ver tu carita linda y tu cabello largo y liso mientras me enseñas a multiplicar, me hablas de tus alegrías y tristezas y así veo el tiempo detenerse a mi alrededor.

Quisiera que tuvieras la mirada intensa de tu madre, su fiereza, su fuerza. Me duele ver como agachas la mirada al hablar pues no quiero más tristezas en tu corazoncito, hija, ya para eso he sufrido yo por los dos para que tú no tengas que conocer lo peor de la miseria humana.

Ayer fui hincha, hoy soy hincha y lo seguiré siendo hasta la muerte, hasta "el cajón", como decimos. Ayer no supe ser tu padre, hoy quiero serlo y te prometo que si me perdonas la distancia y la ausencia, pues seré el mejor padre para ti, tu guardián y más fiel amigo y compañero en todo lo que desees emprender. 

No dejaré de seguir al Caracas FC a donde vaya como en mucho tiempo lo hice pues soy uno de sus hinchas más fieles, creo yo, pero lo que si te prometo y te juro en este día tan especial, es que desde que naciste, soy tu fan enamorado, soy tu hincha más fiel, tu seguidor consecuente aunque no haya estado presente en todos los "juegos" de tu vida, pues siempre estuve pendiente, de saberte triunfadora, de saberte victoriosa, la mejor de todas, mi hija porque eres mi mejor título, mi vuelta olímpica, el mejor gol que he celebrado.

Y hoy, hoy no es un día normal, hoy es tu cumpleaños y veo con alegría como has crecido. No tengo sino agradecimiento hacia tu madre por lo bella e inteligente que eres y estoy acá, queriendo darte un beso y un abrazo de felicitaciones, dándote esta carta que guardé pacientemente hasta este día, nuestro esperado reencuentro, para que esta carta fuese el primero de muchos regalos con los que deseo colmarte y verte sonreír tímidamente, brillar esos ojazos verdes como los de mi abuela.

Y cuando hayas ya leído esta carta, pues baja, estoy acá abajo esperándote en la entrada del edificio.
Apúrate, pues acá hace frío, como sabes.

Feliz cumpleaños, mi vida. Te amo con todas mis fuerzas pues soy tu hincha que va "A Todas Partes" por ti de ahora en adelante.

Tu papá