martes, 2 de enero de 2018

La soledad del Hincha

Ser hincha implica un alto precio por pagar.

Por el amor a los colores, muchos se cuestionarán tu sanidad mental: Tu vieja te preguntará, muchas veces: "¿qué fue lo que hice mal para que tu cayeras en ese "mundo" y con esos "tipitos", todos mal portados y maleducados? Ya mis amigas me han contado eso que hace la barrita esa del fútbol club".





Por ese amor a los colores, muchos "amores" ya te dieron la espalda, ¿heh, hermano? Seguramente ya escuchaste frases como: "Yo no sé qué haces tú con esa sarta de malandros"; "La verdad es que no se entiende un tipo como tú metido en un mundo como ese", o la clásica: "Es sólo fútbol. No tienes por qué ir cada domingo. ¿Los demás no se pueden encargar?"

También he escuchado frases amenazantes como: "Escoge: ¿el Caracas FC o yo? Pregunta difícil cuando se plantea en esos términos tan categóricos pues nunca, jamás, pongas a un hincha a escoger entre el amor erótico y el amor por su club, su equipo y sus colores porque la respuesta más usual, a veces pronunciada y otras no tanto es: "Bueno, mi reina, tú no tienes 11 estrellas y 5 Copas Venezuela" 

Nunca, nunca se debe obligar a un hincha a escoger entre el amor y la lujuria, entre la vida y la diversión.  Aunque no lo parezca, siempre tomaremos la decisión más trascendental.






Ser hincha es asumir que estás y siempre estarás solo pues pocos entienden la "hermosa locura" que te hace abandonar todo y "seguir a un equipo de 11 tipos detrás de una pelota", tal como ya me han criticado y lanzado en la cara mil veces. Tus amigos no futboleros no lo entienden y te dicen cosas como: "Yo prefiero ver al Barsa o al Madrid" o "Yo desde niño veo fútbol pero el FUTVE no me interesa"  y otra sarta de idioteces y lo peor es que no entienden que no hay nada más importante que valorar lo tuyo, lo propio, para luego, si se quiere, poder apreciar y percibir lo que ocurre afuera.

Acostúmbrate, hermano hincha, a salir solo y llegar solo a tu casa. A vivir esta locura y esta pasión que casi nadie comparte en tu casa o en tu familia , si tan solo ellos supieran lo bien que uno se la pasa. 

Muchos no lo saben, pero estamos acá porque esto es nuestro vida, tan simple como se lee y tan contundente como se puede interpretar. Yo, en lo personal, sé que estoy acá por gratitud. 

- ¿Gratitud? ¿Por qué gratitud? ¿Qué le debes tú a ese equipo?- me preguntó alguna vez la mamá de mi hija.

Respondo con pausa: 

- "Al Rojo le debo mi vida. Al Rojo le debo esas alegrías que me hacía sentir, a final de semana, que bueno, que no todo era tan malo y que la semana terminaba bien porque al menos el CFC ganaba y esa era una buena señal: la de aguantar y darle la cara a la vida con la alegría de saber que al menos uno de los aspectos de mi vida iba bien."

Miro pausadamente a María. Detallo su expresión de sorpresa ante mi respuesta y su imposibilidad de entender esa conexión casi espiritual e irracional que une a todo hincha con su equipo y remato:

- "El Caracas me salvó la vida cuando en la adolescencia ideas mortales rondaban mi cabeza, salvó mi vida cuando sentía que nada podía salir bien y la crisis mental agobiaba. "

Y sigo: 

- "Volvió a salvar mi vida cuando el amor entre tú y yo se acabó y me tuve que separar de mi hija. Fue mi escondite, mi refugio" y mientras hablaba, sus ojos muy verdes y su piel blanca cambiaban de color, furiosos.

-"Qué estupidez, de verdad"- responde ella, iniciando su contraataque.

- "Sí. Puede que suene estúpido y sí, tal vez lo sea. Pero ¿qué te puedo decir? El amor es así, muchas veces, irracional e inexplicable" 

Y concluyo con una frase explicativa que, al pasar de los años, aún me siguen recriminando: 

-"Este amor es tan puro como el que me une con mi vieja o con mi hija. A pesar de todo, con este amor me siento libre, soy yo verdaderamente. Este amor no me cuestiona y siempre me agradece por lo mucho o lo poco que puedo dar. Siempre está bien. Siempre me hace feliz y como hay libertad, pues crece y siempre regreso a él".

Ya se imaginan el resultado que causó aquello explicación: Todo se quebró y ni la furia bíblica de aquello que llamamos Dios sería suficiente para explicar el pandemonium que aquella mujer armó al sentirse relegada por un amor más fuerte, más trascendente.

Habitúate, hermano barra, que ser barrista es privilegio de pocos y muchos menos son los que verdaderamente entienden y comparten todos tus esfuerzos por demostrar tu amor a los colores y la pasión desbordada que brota de tu alma y de tu corazón.

Dejas todo, dejas todo y un poco más, a veces, sabes que das más de lo necesario y a pesar de sentirte como una especie de llanero solitario, individual, único, una especie rara en extinción, pues sigues intentando, sigues luchando, haciendo tu trabajo pequeño que al final es muy grande entre todos, pues en esto se basa el amor. Todo sea por una pequeña y pasajera alegría, una victoria, un gol, una vuelta olímpica, una celebración con tus hermanos, los que son como tú, los que sienten lo mismo que tú. La sonrisa de tu hermano, la alegría de tu hinchada, la fiesta en tu ciudad, la locura en las calles por "solo un juego de once tipos persiguiendo un balón" vale todo tu esfuerzo, vale todo tu soledad.

Al finalizar el día, vuelves a tu casa, solo como siempre, te saluda tu vecino y te pregunta quién ganó y tu cara responde por ti, llegas a tu puerta, entras y tu vieja te pregunta: "¿Ganaron? ¿Ganó el Fútbol Club?" y la gestualidad alegre no es suficiente y le dices "Sí, ganamos y somos campeones". Y tu vieja te dice: "Ah, sí, yo ví un rato el juego en la tele. Ese equipo tuyo juega muy bien. Qué bonita la barra. Parecía una fiesta. Estaban todos locos, ¿heh?" Y entiendes que todo valió la pena, esfuerzo, trabajo, lucha, sangre, sudor, lágrimas y aguante. 

Qué grande es mi vieja.  Al final no estoy tan solo en esta locura, en este amor. 



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