"Suena el silbato y el árbitro indica el fin del partido. Petare y Caracas FC empatan a dos goles"- relata el narrador desde lo alto del Olímpico de Caracas.
La desazón del empate y de la oportunidad perdida de ser campeón inundan la grada Sur del infierno rojo. Tiempos oscuros se avecinan. Los trapos ya habían sido recogidos y la ritualística de siempre indica que era tiempo de salir y volver al hogar y así ahogar las penas.
Hay algo inusual, algo pasa. Hay algo que no anda bien. Al salir de la grada, las rejas de salida estaban totalmente cerradas. Todos los que salíamos, o al menos eso intentábamos, nos mirábamos buscando explicación
- "¿Qué coño pasa?"
- "No sé. Estos pajuos como que se quedaron dormidos. ¿Será?"
- "Sí, debe ser eso. Debe ser eso".
Hay una rampa que sube del campo a la grada y por esa misma rampa escuchamos la marcha lenta y mortuoria, cargada de instrumentos represivos, cargada de odio y rabia, de los mismos cuerpos de "seguridad" del estado que lentamente se iban formando, haciendo grupo ante la mirada de los espectadores y gradistas que pretendían salir.
Mientras el pelotón de la vergüenza se agrupaba, voces de mando se dejaban sentir dentro del mismo. Esperaban una orden mientras sigue el desconcierto en las filas rojas, en los barristas. Padres con sus hijos, abuelos con sus nietos, madres e hijos, novios con sus novias, jóvenes y sus amigos, caraqueños y caraquistas en general, digamos que en ese espacio al que llamamos grada (hogar para los hinchas) se juntó lo más representativo de la ciudad, miembros de todas las zonas y todas las clases intentaban salir, otros trataban de mantener la calma y pensaban: "Tal vez sea un procedimiento de seguridad... Tal vez..." Otros caminaban de un lado expectantes, conversaban para aliviar la tensión y la amargura de aquel empate contra el que se empezaba a perfilar como un clásico rival capitalino el Petare.
Se produce un grito alto, fuerte y destemplado y los uniformados empiezan a correr en nuestra dirección. Era la orden de ataque esperada. Se producen los primeros disparos y caen ya algunos heridos. Algunos nos quedamos delante para repeler el ataque, en una batalla desigual de botellas y piedras contra armas de fuego, contra balas y perdigones, bombas lacrimógenas, peinillas, como siempre, la desigualdad.
Desde tiempos inmemoriales, desde Guaicaipuro, desde Baruta, desde Garci González da Silva y aún en ese día, 21 de noviembre de 2010, siempre el fuego de las balas y la violencia del metal han tratado de apagar el espíritu indómito y libre de los habitantes de este, a veces, Valle de Lágrimas, de Caracas.
Antes fueron españoles contra indígenas, ahora son policías contra hinchas, protagonistas diferentes, misma batalla, misma desigualdad, misma lucha, mismas ganas de sobreponerse y luchar hasta el último aliento porque "¡Ana Karina Rote Aunicon Paporoto Mantoro Itoto Manto!" ("Sólo nosotros somos gente, aquí no hay cobardes y nadie se rinde... Esta tierra es nuestra") el ancestral grito de guerra mortuoria del gran Cacique Guaicaipuro se repite y se repite y se deja escuchar de nuevo en este valle, cada noche dicen por allí, o al menos cada vez que el espíritu guerrero caraqueño debe aflorar y mostrarse en batalla.
Y sí, sólo nosotros somos gente, policía, el 21 de noviembre perdiste tu dignidad, el 21 de noviembre quisiste acabar con tu pesadilla, pero lograste exactamente lo contrario.
Nos tuvimos que replegar pues los disparos eran muchos y los heridos sobraban. Al entrar a la grada, sólo se escuchaban gritos: "Llévate a tu novia de acá. Esconde a las mujeres y niños en los baños...¡Corre! Hagan lo que hemos practicado, coño, háganlo. Este es el momento. No es un simulacro. ¡Salven a los niños y mujeres!"
Escenas de terror y espanto se producían por todas partes. La policía entró a la grada y lo hace disparando sus armas a todo el que se moviera. En medio del caos, del pandemonium, se produce una escena, un diálogo:
-"¿A donde vas?"
- "A pelear. Debo dar la cara por mi gente, por ti".
- "No, no. Quédate acá conmigo. No vayas, Miguel. No me dejes sola".
- "Tranquila. Tú escóndete acá mientras yo logro la manera de sacarte en paz".
- Con lágrimas en los ojos y temblando: "Por favor, amor, no vayas. Quédate conmigo".
Miguel y la chica se abrazan, se besan y ella lo sujeta fuertemente. Yo miro a mi alrededor y miro la escena. Miguel me mira y le hago un gesto compasivo, Miguel ya se disponía a andar cuando un grupo de cuatro policías lo ataca, lo rodean y le pegan con la cacha de la pistolas, le dan con las sillas, lo patean y se lo llevan. La chica intenta defenderlo cuando una cachetada violenta cae en su rostro y la sangre empieza a correr.
"Motoratón... Llévate a la gente a los baños"... Y la policía en su vorágine asesina, se dirigió a los baños y uno a uno golpeaba y hería a todos los que encontraban y no lograban escapar.
Sigue el desconcierto. El plan de la "justicia" fue perfecto. Querían despedirse pues a ese inmoral cuerpo de "seguridad" le quedaba sólo un mes de vigencia pues se había producido en el país un cambio legislativo que daría paso a otro cuerpo de seguridad, igual de asesino y delincuente, llamado Policía Nacional Bolivariana.
La lucha sigue y los espacios cada vez más se reducen. Los pacos deciden dar su último golpe y van por la instrumental, atacan los instrumentos, los lanzan desde lo alto contra nosotros, desde la grada hacia el piso, con las peinillas rompen los cueros, rompen todo a su paso.
Ya la lucha se traslada al campo, donde los heridos son llevados y por más increíble que parezca, hasta allá fueron a perseguirnos para herirnos. Algunos jugadores del Rojo salen a defendernos y nos esconden en los camerinos, bajo la amenaza brutal y persistente de la PM para que nos entregaran porque sino serían ellos los lastimados.
Veo gente llorar, veo gente correr, veo gente tirada en el suelo, heridos o golpeados. Escucho gritos, pedidos de ayuda, disparos, más disparos, el desconcierto instalado donde debería haber paz y tranquilidad y por quienes deberían garantizar la seguridad en el recinto.
"Pero las balas que tiraste, volverán" Todo el daño de esa noche no fue suficiente para acabar con nosotros.La resistencia pudo abrir algunas rejas y vías de escape. Un policía me detiene y me apunta a la cara. Lo desafío a que me dispare si sus cojones se lo permitían. Su mano tiembla. Escucho el gatillo correr, la bala está en la recamara. Súbitamente, se escucha un grito: "¡NOOOOOOOOO!". Era mi hermana que se lanzó sobre mí y se puso en medio, entre la pistola y mi humanidad. El policía aprovecha para replegarse y marcharse. "No era tu día, mano. No te tocaba".
"Ese día dejamos de ser un grupo de amigos que iban al estadio y nos hicimos una hermandad", afirmó el Podrio. Y sí, ese día comenzamos a ser hinchas, hinchas de verdad, en las buenas y en las malas.
No lo lograste, policía, y aún no lo logras con tu disfraz de bruja uniformada: Aún no acabas con este sueño, con esta idea. Aún no acabas, por órdenes de arriba, con las barras de Venezuela y menos aún con la más grande, la Barra del Caracas FC.
"Solo nosotros somos gente..." Gritó Guacaipuro para dar la batalla y cada domingo, cada juego, en cada momento, nosotros, los hijos de los guerreros del valle de Caracas, lo seguimos demostrando, la seguimos luchando.
Se produce un grito alto, fuerte y destemplado y los uniformados empiezan a correr en nuestra dirección. Era la orden de ataque esperada. Se producen los primeros disparos y caen ya algunos heridos. Algunos nos quedamos delante para repeler el ataque, en una batalla desigual de botellas y piedras contra armas de fuego, contra balas y perdigones, bombas lacrimógenas, peinillas, como siempre, la desigualdad.
Desde tiempos inmemoriales, desde Guaicaipuro, desde Baruta, desde Garci González da Silva y aún en ese día, 21 de noviembre de 2010, siempre el fuego de las balas y la violencia del metal han tratado de apagar el espíritu indómito y libre de los habitantes de este, a veces, Valle de Lágrimas, de Caracas.
Antes fueron españoles contra indígenas, ahora son policías contra hinchas, protagonistas diferentes, misma batalla, misma desigualdad, misma lucha, mismas ganas de sobreponerse y luchar hasta el último aliento porque "¡Ana Karina Rote Aunicon Paporoto Mantoro Itoto Manto!" ("Sólo nosotros somos gente, aquí no hay cobardes y nadie se rinde... Esta tierra es nuestra") el ancestral grito de guerra mortuoria del gran Cacique Guaicaipuro se repite y se repite y se deja escuchar de nuevo en este valle, cada noche dicen por allí, o al menos cada vez que el espíritu guerrero caraqueño debe aflorar y mostrarse en batalla.
Y sí, sólo nosotros somos gente, policía, el 21 de noviembre perdiste tu dignidad, el 21 de noviembre quisiste acabar con tu pesadilla, pero lograste exactamente lo contrario.
Nos tuvimos que replegar pues los disparos eran muchos y los heridos sobraban. Al entrar a la grada, sólo se escuchaban gritos: "Llévate a tu novia de acá. Esconde a las mujeres y niños en los baños...¡Corre! Hagan lo que hemos practicado, coño, háganlo. Este es el momento. No es un simulacro. ¡Salven a los niños y mujeres!"
Escenas de terror y espanto se producían por todas partes. La policía entró a la grada y lo hace disparando sus armas a todo el que se moviera. En medio del caos, del pandemonium, se produce una escena, un diálogo:
-"¿A donde vas?"
- "A pelear. Debo dar la cara por mi gente, por ti".
- "No, no. Quédate acá conmigo. No vayas, Miguel. No me dejes sola".
- "Tranquila. Tú escóndete acá mientras yo logro la manera de sacarte en paz".
- Con lágrimas en los ojos y temblando: "Por favor, amor, no vayas. Quédate conmigo".
Miguel y la chica se abrazan, se besan y ella lo sujeta fuertemente. Yo miro a mi alrededor y miro la escena. Miguel me mira y le hago un gesto compasivo, Miguel ya se disponía a andar cuando un grupo de cuatro policías lo ataca, lo rodean y le pegan con la cacha de la pistolas, le dan con las sillas, lo patean y se lo llevan. La chica intenta defenderlo cuando una cachetada violenta cae en su rostro y la sangre empieza a correr.
"Motoratón... Llévate a la gente a los baños"... Y la policía en su vorágine asesina, se dirigió a los baños y uno a uno golpeaba y hería a todos los que encontraban y no lograban escapar.
Sigue el desconcierto. El plan de la "justicia" fue perfecto. Querían despedirse pues a ese inmoral cuerpo de "seguridad" le quedaba sólo un mes de vigencia pues se había producido en el país un cambio legislativo que daría paso a otro cuerpo de seguridad, igual de asesino y delincuente, llamado Policía Nacional Bolivariana.
La lucha sigue y los espacios cada vez más se reducen. Los pacos deciden dar su último golpe y van por la instrumental, atacan los instrumentos, los lanzan desde lo alto contra nosotros, desde la grada hacia el piso, con las peinillas rompen los cueros, rompen todo a su paso.
Ya la lucha se traslada al campo, donde los heridos son llevados y por más increíble que parezca, hasta allá fueron a perseguirnos para herirnos. Algunos jugadores del Rojo salen a defendernos y nos esconden en los camerinos, bajo la amenaza brutal y persistente de la PM para que nos entregaran porque sino serían ellos los lastimados.
Veo gente llorar, veo gente correr, veo gente tirada en el suelo, heridos o golpeados. Escucho gritos, pedidos de ayuda, disparos, más disparos, el desconcierto instalado donde debería haber paz y tranquilidad y por quienes deberían garantizar la seguridad en el recinto.
"Pero las balas que tiraste, volverán" Todo el daño de esa noche no fue suficiente para acabar con nosotros.La resistencia pudo abrir algunas rejas y vías de escape. Un policía me detiene y me apunta a la cara. Lo desafío a que me dispare si sus cojones se lo permitían. Su mano tiembla. Escucho el gatillo correr, la bala está en la recamara. Súbitamente, se escucha un grito: "¡NOOOOOOOOO!". Era mi hermana que se lanzó sobre mí y se puso en medio, entre la pistola y mi humanidad. El policía aprovecha para replegarse y marcharse. "No era tu día, mano. No te tocaba".
"Ese día dejamos de ser un grupo de amigos que iban al estadio y nos hicimos una hermandad", afirmó el Podrio. Y sí, ese día comenzamos a ser hinchas, hinchas de verdad, en las buenas y en las malas.
No lo lograste, policía, y aún no lo logras con tu disfraz de bruja uniformada: Aún no acabas con este sueño, con esta idea. Aún no acabas, por órdenes de arriba, con las barras de Venezuela y menos aún con la más grande, la Barra del Caracas FC.
"Solo nosotros somos gente..." Gritó Guacaipuro para dar la batalla y cada domingo, cada juego, en cada momento, nosotros, los hijos de los guerreros del valle de Caracas, lo seguimos demostrando, la seguimos luchando.
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