Pies pesados sobre el campo, piernas que chocan y se entrelazan sin cesar, pupilas dilatadas, la sangre circula rápido y dificulta pensar con claridad en momentos en los que pensar se hace difícil y correr implica más voluntad que fuerza.
La clasificación está en riesgo y la grada pide que le echen bolas, que suden la camiseta que ellos, cada ceremonia, como los mejores feligreses de cualquier religión, sudan e idolatran en un aliento interminable.
Hay movimientos nerviosos, ya las piernas no responden como hace minutos y los defensas lucen como enormes cíclopes infranqueables. Gobierna el desespero y la razón se nubla. Comienza el murmullo de crítica, aumenta el "corre, corre" y los gritos del profe se hacen como lanzas que traspasan el cerebro de cualquier hombre que se sabe en deuda con su misión en la vida.
Los técnicos de grada se desesperan y gritos destemplados, desesperados como si la vida se fuese en esa "última jugada", dan inicio a los recuerdos a las santas madres de los tipos que corren en el campo y el nerviosismo, ese eterno compañero del fútbol, se hace poderosa y obstinadamente omnipresente.
Se acelera el tiempo, el aire se hace denso y hay movimientos en la banca roja. Los asistentes señalan, los jugadores en calentamiento miran expectantes, los jugadores en el campo esperan la propuesta.
- "¿Él?"- pregunta un asistente.
- "Coño, sí. De bolas, ¿quién más va a ser?"- responde el director técnico, con el mismo tono agrio que lo caracteriza en el rectángulo de juego en años y años.
Y el jugador referido aprieta los tacos, se quita el chaleco de calentamiento y al pasar, los compañeros lo animan, lo empujan.
Escucha al técnico: "Ya sabes lo que debes hacer". El joven asiente, mientras bebe agua y pasa su mano por su cara, su cabeza recientemente rapada y se mentaliza para el momento en el que le toca entrar.
Miles de veces, desde niño, ha vivido con expectativa el mismo momento, la misma sensación, la misma emoción de entrar a hacer lo que le gusta: correr por el campo, marcar goles, ser feliz y hacer feliz a sus hermanos, a los de hinchada, a los de sentimiento.
La grada sigue su reclamo, con la misma intensidad y la misma furia con la que alienta, pues saben que tienen la moral de su lado para exigir esfuerzo, aguante y lucha. La barra nota el movimiento en la banca y se produce un rumor, alguien grita: "El cambio que había que hacer".
Y el jugador referido aprieta los tacos, se quita el chaleco de calentamiento y al pasar, los compañeros lo animan, lo empujan.
Escucha al técnico: "Ya sabes lo que debes hacer". El joven asiente, mientras bebe agua y pasa su mano por su cara, su cabeza recientemente rapada y se mentaliza para el momento en el que le toca entrar.
Miles de veces, desde niño, ha vivido con expectativa el mismo momento, la misma sensación, la misma emoción de entrar a hacer lo que le gusta: correr por el campo, marcar goles, ser feliz y hacer feliz a sus hermanos, a los de hinchada, a los de sentimiento.
La grada sigue su reclamo, con la misma intensidad y la misma furia con la que alienta, pues saben que tienen la moral de su lado para exigir esfuerzo, aguante y lucha. La barra nota el movimiento en la banca y se produce un rumor, alguien grita: "El cambio que había que hacer".
Mineros se va adelante, 1-2 y se empata la eliminatoria. "Apuren ese cambio, nojoda" se logra escuchar a lo lejos y el reemplazante ya está parado sobre la raya, esperando el cambio.
-"¿Es él?". pregunta una fanática roja desde la tribuna.
- "Claro que es él. ¿No le ves el color de pelo?"-atiza otra con el desdén de la que se cree muy entendida en la materia y le fastidia la pregunta.
-"Pero ese corte, no sé, se veía mejor con el pelo largo, así, como más europeo."
-"Ay, mija, eso es allá que puede usar el pelo así. Acá con este calor, de bolas que se iba a cortar el pelo".
Y ambas asienten en acuerdo con el punto climático.
-"Ay, mija, eso es allá que puede usar el pelo así. Acá con este calor, de bolas que se iba a cortar el pelo".
Y ambas asienten en acuerdo con el punto climático.
El árbitro levanta el tablero electrónico, medio partido y medio torcido de tanto uso y de tanto toqueteo y Pascual Artiles anuncia al populus "Al campo, Fernando "El Colorado" Aristeguieta" y una lluvia de aplausos cae de la tribuna, mientras la grada expectante hace votos silentes para el éxito de uno de los suyos.
Apenas entra, ya se gana los aplausos de la hinchada:
- "¿Viste, marico? Lo barrieron y allí mismo se paró a pelear la pelota. Eso es lo que se quiere. Que le echen bolas. ¡Grande Colorado!"
Yo sólo logro hacer un gesto de acuerdo pues no quería quitar la mirada del juego.
Otro lance y de nuevo, "El Colorado" al piso y, como siempre, se vuelve a levantar y sigue luchando hasta el último respiro hasta que la pelota llega al arquero contrario y cuando todos los delanteros normalmente deciden retrasar su posición, él opta por ir a molestar al arquero.
- "Corre y juega con la misma intensidad como si uno de nosotros estuviese en la cancha". dice uno emocionado golpeando al otro en la grada.
- "Es uno de nosotros, mano. Es uno de nosotros". responde el otro con plena seguridad de su afirmación.
El tiempo sigue transcurriendo, no corre sino que vuela, mientras la defensa minerista tontea con la pelota, jugando al desespero caraquista.
Súbitamente, alguien roba un balón, (la verdad es que desde la Sur es difícil distinguir bien quién lo hizo: A ver, a ver, pues no, no logro ver quién lo robó), una serie de rebotes en el área azul y negra y, como si el destino así lo quisiera, como si Dios (si es que tal entidad existiese y, por favor, no se pongan dialécticos con este punto) quisiera que aquel hincha vestido de jugador cambiara la historia, el balón llega hasta él y apenas con un suave toque marca el 2-2 que, para aquel momento, clasificaba al Caracas FC a la siguiente ronda.
Dicen que en los momentos de euforia, de éxtasis, de tristeza y de tensión extrema afloran nuestros verdaderos sentimientos y mientras el resto de los jugadores rojos se abrazaban y saludaban entre ellos, como pechos fríos, "Colorado" fue con los suyos, a la grada roja, saltó las vallas publicitarias, apretó los puños y besó el escudo tantas veces amado, tantas veces soñado y muchas veces glorificado y, mientras tanto, la grada enloquecida subía y bajaba las escaleras de la Sur del Olímpico, en un rito difícil de entender para el resto de hinchas comunes.
-"'¡Marico, te lo dije! ¡Es él! El Colorado la lleva demasiado robada acá en este fútbol"- grita un hincha a otro a su lado.
Dicen que en los momentos de euforia, de éxtasis, de tristeza y de tensión extrema afloran nuestros verdaderos sentimientos y mientras el resto de los jugadores rojos se abrazaban y saludaban entre ellos, como pechos fríos, "Colorado" fue con los suyos, a la grada roja, saltó las vallas publicitarias, apretó los puños y besó el escudo tantas veces amado, tantas veces soñado y muchas veces glorificado y, mientras tanto, la grada enloquecida subía y bajaba las escaleras de la Sur del Olímpico, en un rito difícil de entender para el resto de hinchas comunes.
-"'¡Marico, te lo dije! ¡Es él! El Colorado la lleva demasiado robada acá en este fútbol"- grita un hincha a otro a su lado.
-"Seh, es cierto"- responde el otro, en tono muy bajo, casi inaudible, aún extasiado por la jugada que acaba de presenciar.
Se producen las jugadas finales y Mineros marca el 2-3, lo que a la postre les daría la clasificación con el absurdo gol de Taka Machado y el eterno problema defensivo.
Se producen las jugadas finales y Mineros marca el 2-3, lo que a la postre les daría la clasificación con el absurdo gol de Taka Machado y el eterno problema defensivo.
Entre el fastidio y la desesperación, el desgaste mental por la idea de un doblete soñado y perdido, el equipo local, derrotado, teme acercarse, saludar y despedirse de la barra, tal como indica la ceremonia desde inicios de la década de los 90, pero uno, solo uno, aquel hincha, da el paso adelante y con ese paso seguro y firme, se dirige a la Sur y con los brazos en alto agradece a la grada todo el aliento, todo el aguante.
Para no ser menos, el resto de jugadores rojos lo siguen,cabizbajos, pero sólo uno es aplaudido con merecimiento, el nuestro, el hincha que corre por el gramado, el que siente los colores y el peso de esta camiseta y ama este escudo y esta ciudad tanto o más que nosotros pues "Caracas es la mejor ciudad de Venezuela".
Una derrota que no borra este amor por esta camisa, una derrota que no amilana esta lucha porque al final sabemos que contamos con los goles, el esfuerzo y la entrega de Fernando "El Colorado" Aristeguieta, "El Colo" o simplemente, "El hincha que corre por el gramado".

Me dejan sin palabras tus palabras.Gran articulo. Saludos.
ResponderEliminarGracias, José. Me honra que me lean y que te haya gustado.
ResponderEliminarNos vemos en el cemento.
Abrazo de gol.