sábado, 16 de septiembre de 2017

Carta de un padre hincha a su hija


Aún recuerdo aquel primer momento en que te tuve entre mis brazos: Temblabas de frío y yo temblaba de emoción, de incertidumbre ante el maravilloso espectáculo de tus ojos verdes como la esmeralda, como el valle montañoso que te vio nacer; tu piel blanca de porcelana, tan suave y tan delicada como en mis sueños, en una pureza indescriptible, en un blanco suave e inmaculado que jamás he encontrado en mi vida; tu cabello suave y amarillo, ondulado en algunas zonas y ahora, liso, muy liso que hacen recordar el eterno recorrer de un río de emociones inexplicables y de un nudo en el pecho que se me hace al escribirte esta carta.

Lloré. No sé si fue de alegría, no sé si fue de admiración, no sé si fue por preocupación, pero lloré sobre tu cuerpecito tibio y suave, lloré sobre tus manitas cuando quisiste tocar mis ojos y sentir mis párpados, lloré y algunas lágrimas mojaron tus deditos cuando me apretabas la nariz y jugabas. Tal vez nada de eso lo recuerdes, pero esa es una película que se me repite sucesivamente y en los momentos cumbres la vuelvo a ver, la vuelvo a percibir.

Me miraste. Me sonreíste. Me hiciste comprender el sentido de la vida y que yo, en mi momento, había nacido para verte allí, tan pequeña y tan frágil, y de nuevo yo, apenas una triste y misera parte de este universo que seguramente no era el mejor tercio, el mejor hombre para estar allí contigo.

Y sentí miedo. Sentí un pavor inaguantable que me recorría toda el alma y me quemaba el corazón al pensar que tu vida dependía de mi, que era yo el encargado principal de mantener, junto a tu madre, esa preciosa sonrisa que aún hoy, mi vida, me desarma, me relaja.

Pero sí, mi niña, sentí miedo. Sentí y aún siento ese mismo temor de no ser capaz, de no ser suficiente ante tamaña responsabilidad pues yo, que para ese momento, ni sabía poner orden en mi vida, ahora debía llevarte de la mano para que tú tuvieses una vida feliz y plena.

Y quiero confesarte que este ser,tu padre, es un hombre imperfecto, un hombre con miles de defectos y algunas virtudes, te ama y con todas sus fuerzas, con todo su ser. Eso jamás ha cambiado, jamás ha dejado de ser así, a pesar de la distancia.

Y de nuevo, el miedo ante mí. Miedo de no saber como reaccionarás cuando leas esta carta, miedo al no saber qué opinarás o que sentirás sobre mí. Sí, tengo miedo, yo, que he peleado con otras barras enteras por lo que tu madre llama "una pelea estúpida", yo que he robado trapos, banderas, bombos, redoblantes, casi pierdo una mano, yo que me he enfrentado con policías y guardias nacionales, yo que he estado a punto de perder la vida varias veces por "defender unos colores", siento miedo de lo que pueda pensar una niña que aún no llega a los 10 años de edad, pero cuya mirada y su tono taciturno son la razón constante de mi alegría y mi tristeza.

Un día me fui de casa, un día me alejé de ti y sé que aún no me lo perdonas. Tranquila, yo en tu lugar, jamás me perdonaría el hecho de haberme ido y no haber compartido más contigo. Aún no me lo perdono. Como sabes, los problemas con tu mamá son de importancia y aunque eres muy prudente al hacer silencio en sus comentarios, imagino que un poco de verdad encontrarás en lo que dice.

Porque sí, también confieso que soy un idiota. Me fui detrás de un ideal y de un sueño, me fui detrás de un "equipito de fútbol" (de nuevo, palabras de tu mami) y no fui capaz de aguantar, de resistir el embate de vida que veía en ciernes. Era, debo también admitir, un sujeto preso de emociones y que encontró en el fútbol una razón más de vivir, de sobrevivir, de encontrarse, de hallarse.

Pero nunca, nunca, nunca, pienses que dejé de amarte o que el Rojo está por delante de ti pues, en cada segundo, en cada momento tenso, en cada alegría y en cada tristeza, pensaba en ti, recordaba esa carita linda y dulce de ayer, de hoy y de siempre. 

Era también (aquí otra gran confesión) un hombre esclavo de sus pasiones, de las más bajas posibles, pero te aseguro hoy por tu corazón y el mío, que son uno solo, que ya salí de aquel desierto que me hundió y me acercó a la muerte, me alejó de ti, pues ese fue como propio viaje del héroe: Debí cruzar un largo desierto de perversiones, atentados, dolores, tristezas e inseguridades, placeres inocuos, placeres ciegos, tal como aquel Dios que tanto veneras debió soportar por cuarenta días para  purificarse, prepararse para una misión superior.

Pues sí, acepto que fui cobarde, lo sé y lo lamento en cada día de mi vida, lamento no haber visto tu primer diente salir y caerse, lamento no recuerdes como te enseñaba la importancia del "por favor" y del "gracias", aunque claro que me odiabas cuando te obligaba a ser gentil y cortés con los demás; lamento no recuerdes aquellas maravillosas tardes en "La Isla" cuando juntos descubríamos el mundo increíble de las hormigas, lo maravilloso de las piedras de río, lo suave y agradable del pasto verde recién cortado y la alegría y la emoción de comer juntos, de reír por cualquier cosa, mi amor.

Y mi misión superior es esta: Acá estoy, mi princesa, de nuevo acá, ante tu puerta, esperando que quieras venir conmigo a jugar de nuevo en "La Isla", a comer helados, a lo que quieras, pues hoy "el sol está en lo más alto, el cielo es azul y todo es bello porque tú, mi tesoro, lo eres" Eres lo más bello que tengo y lo mejor que he podido hacer en mi vida.

Sé que no tengo derecho a exigir ni a pedirte nada, pero me haría feliz ver tu carita linda y tu cabello largo y liso mientras me enseñas a multiplicar, me hablas de tus alegrías y tristezas y así veo el tiempo detenerse a mi alrededor.

Quisiera que tuvieras la mirada intensa de tu madre, su fiereza, su fuerza. Me duele ver como agachas la mirada al hablar pues no quiero más tristezas en tu corazoncito, hija, ya para eso he sufrido yo por los dos para que tú no tengas que conocer lo peor de la miseria humana.

Ayer fui hincha, hoy soy hincha y lo seguiré siendo hasta la muerte, hasta "el cajón", como decimos. Ayer no supe ser tu padre, hoy quiero serlo y te prometo que si me perdonas la distancia y la ausencia, pues seré el mejor padre para ti, tu guardián y más fiel amigo y compañero en todo lo que desees emprender. 

No dejaré de seguir al Caracas FC a donde vaya como en mucho tiempo lo hice pues soy uno de sus hinchas más fieles, creo yo, pero lo que si te prometo y te juro en este día tan especial, es que desde que naciste, soy tu fan enamorado, soy tu hincha más fiel, tu seguidor consecuente aunque no haya estado presente en todos los "juegos" de tu vida, pues siempre estuve pendiente, de saberte triunfadora, de saberte victoriosa, la mejor de todas, mi hija porque eres mi mejor título, mi vuelta olímpica, el mejor gol que he celebrado.

Y hoy, hoy no es un día normal, hoy es tu cumpleaños y veo con alegría como has crecido. No tengo sino agradecimiento hacia tu madre por lo bella e inteligente que eres y estoy acá, queriendo darte un beso y un abrazo de felicitaciones, dándote esta carta que guardé pacientemente hasta este día, nuestro esperado reencuentro, para que esta carta fuese el primero de muchos regalos con los que deseo colmarte y verte sonreír tímidamente, brillar esos ojazos verdes como los de mi abuela.

Y cuando hayas ya leído esta carta, pues baja, estoy acá abajo esperándote en la entrada del edificio.
Apúrate, pues acá hace frío, como sabes.

Feliz cumpleaños, mi vida. Te amo con todas mis fuerzas pues soy tu hincha que va "A Todas Partes" por ti de ahora en adelante.

Tu papá

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